Verdades incómodas y mentiras útiles: la batalla psicológica detrás de los conflictos sociales en Bolivia

En medio de los recientes conflictos sociales que sacuden a Bolivia, la batalla más intensa no ocurre únicamente en las calles bloqueadas de La Paz y El Alto, sino también en la mente de millones de ciudadanos expuestos a una avalancha de información, rumores y noticias falsas. En un escenario marcado por la polarización política, la disonancia cognitiva se ha convertido en un fenómeno colectivo que explica por qué muchas personas prefieren aferrarse a versiones convenientes de la realidad antes que aceptar hechos incómodos.
La disonancia cognitiva, según el psicólogo Jorge Callisaya, docente de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), es la tensión psicológica que aparece cuando una persona mantiene ideas contradictorias o cuando sus creencias chocan con la realidad. “La disonancia cognitiva crea malestar psicológico y una tensión que puede llevarnos a justificar nuestras acciones o modificar nuestras creencias para acomodarlas a lo que hacemos”, explica el especialista.
Aunque este mecanismo es habitual en la vida cotidiana, en contextos de crisis política y social adquiere una dimensión mucho más peligrosa. La sobrecarga informativa que circula en redes sociales, grupos de mensajería y transmisiones en vivo ha generado un ambiente donde la verdad parece fragmentarse según las afinidades ideológicas de cada ciudadano.
Durante las jornadas de tensión registradas en Bolivia, las plataformas digitales se transformaron en un campo de confrontación paralelo. Videos manipulados, audios creados con inteligencia artificial y comunicados falsos circularon con enorme rapidez, reforzando las percepciones previas de cada sector político. En muchos casos, incluso después de ser desmentidas, estas publicaciones continuaron siendo compartidas porque respondían más a necesidades emocionales que a criterios de veracidad.
Uno de los ejemplos más visibles fue la difusión de audios atribuidos a autoridades gubernamentales. Aunque verificaciones técnicas demostraron que varios de esos materiales habían sido alterados digitalmente, sectores oficialistas interpretaron las denuncias como una estrategia de desestabilización política. La evidencia no redujo la tensión interna; por el contrario, fortaleció la narrativa de conspiración. Aceptar la posibilidad de corrupción o manipulación dentro de sus propios referentes políticos resultaba emocionalmente más difícil que negar la autenticidad de los audios.
En el lado opositor ocurrió un fenómeno similar. Comunicados falsos atribuidos a las Fuerzas Armadas anunciaban supuestos estados de emergencia o movimientos militares. A pesar de que fueron rápidamente desmentidos, muchos usuarios continuaron difundiéndolos bajo el argumento de que “reflejaban una verdad oculta”. La mentira terminaba funcionando como símbolo de esperanza política, alimentando expectativas y reforzando discursos de confrontación.
Este fenómeno encuentra terreno fértil en los algoritmos de las redes sociales. Plataformas como Facebook, TikTok o X priorizan contenidos capaces de generar reacciones emocionales intensas: miedo, indignación, enojo o euforia. El problema es que estos sistemas no distinguen entre información verificada y desinformación. Así, cada usuario termina atrapado en una burbuja digital donde predominan publicaciones que confirman sus creencias y minimizan cualquier dato que las contradiga.
El impacto psicológico de esta dinámica es profundo. La exposición permanente a mensajes contradictorios, teorías conspirativas y narrativas extremas provoca ansiedad, agotamiento emocional y desconfianza generalizada. La ciudadanía vive bajo una presión constante donde cada noticia puede ser falsa y cada versión parece responder a intereses políticos.
Callisaya advierte que la disonancia cognitiva puede derivar en autoengaño cuando las personas elaboran justificaciones para sostener conductas o ideas que saben cuestionables. “La ansiedad o tensión que conlleva la posibilidad de haber tomado una decisión equivocada puede llevarnos a inventar nuevas razones para apoyar nuestros actos”, sostiene el especialista.
El resultado es una sociedad cada vez más polarizada, donde el debate público se reemplaza por enfrentamientos emocionales y donde la confianza institucional se erosiona progresivamente. En este contexto, la desinformación deja de ser solamente un problema tecnológico para convertirse en una amenaza psicológica y democrática.
Expertos coinciden en que enfrentar este escenario requiere fortalecer la educación digital, promover la verificación de datos y fomentar una cultura política capaz de tolerar la complejidad y el desacuerdo. Porque en tiempos de crisis, la verdad suele ser incómoda, pero las mentiras útiles pueden terminar profundizando el conflicto social y debilitando aún más la convivencia democrática en Bolivia.