Solidaridad en medio de la crisis: protestas, desabastecimiento y el impacto emocional que transforma la vida cotidiana

Solidaridad en medio de la crisis: protestas, desabastecimiento y el impacto emocional que transforma la vida cotidiana

Las protestas sociales, los bloqueos y el desabastecimiento que atraviesa Bolivia en mayo de 2026 no solo están generando efectos económicos y políticos. También están dejando una profunda huella emocional en la población. Sin embargo, en medio de la incertidumbre, también comenzaron a surgir expresiones de solidaridad ciudadana que buscan contener a las familias afectadas y reconstruir el tejido social.

Redes vecinales, organizaciones sociales y grupos juveniles comenzaron a organizar ollas comunes, campañas de apoyo y espacios de contención emocional para personas afectadas por la escasez y los conflictos. Estas iniciativas aparecieron mientras miles de familias enfrentan dificultades para acceder a alimentos, combustibles y medicamentos, además de convivir diariamente con la tensión en las calles.

En ciudades como La Paz y El Alto, las largas filas para conseguir productos básicos se han vuelto parte de la rutina diaria. El temor a nuevos enfrentamientos y la incertidumbre sobre la duración de la crisis alimentan un clima de ansiedad colectiva que recuerda otros episodios críticos de la historia reciente del país.

“Vivir en ciudades con alta conflictividad social puede tener serias consecuencias en la salud mental de la población, generando picos de ansiedad, angustia y conductas imitativas irracionales, las cuales pueden derivar en depresión”, explica Liudmila Loayza, directora de la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz).

Para Loayza, fortalecer el diálogo y recuperar espacios de convivencia es clave para evitar que la violencia se normalice como forma de interacción social. “La clave está en recuperar el diálogo como vía para resolver tensiones y no permitir que la violencia se vuelva un lenguaje habitual”, concluye.

El actual contexto de movilizaciones y escasez se suma a una seguidilla de tensiones políticas y sociales que Bolivia ha experimentado en los últimos años. Los bloqueos de carreteras, las protestas sectoriales y la polarización política han incrementado el desgaste emocional de una población que permanece en constante estado de alerta.

Miedo, incertidumbre y ansiedad colectiva

Para especialistas en salud mental, el impacto psicológico de los conflictos sociales suele ser inmediato. La exposición constante a noticias de violencia, enfrentamientos o rumores de crisis genera reacciones impulsivas y conductas asociadas al miedo.

“El conflicto siempre denota un componente de violencia y de incertidumbre. En principio la violencia, una conducta amenazante, va a generar miedo, desesperación y angustia”, sostiene Loayza. Según la psicóloga, la reciente tensión social y política provocó “zozobra en la población”, impulsando comportamientos de pánico como compras compulsivas y acumulación de alimentos o combustible.

Las escenas de personas abarrotando supermercados, tiendas y surtidores se repitieron en La Paz y El Alto. Para muchos, el recuerdo de la pandemia y de anteriores crisis políticas reactivó temores profundos relacionados con el desabastecimiento y la inseguridad.

“En cierto modo se ha revivido esa incertidumbre y se han generado conductas como las compras compulsivas de alimentos y otros enseres”, señala Loayza. La especialista explica que, cuando las personas no cuentan con estrategias claras de afrontamiento, tienden a imitar conductas colectivas impulsadas por el miedo.

Una crisis que afecta la vida cotidiana

El impacto de las protestas no se limita al ámbito emocional. Las dificultades de transporte y la interrupción de rutas han alterado el funcionamiento cotidiano de escuelas, hospitales, comercios y centros laborales. Muchas familias reorganizan sus horarios para abastecerse o evitar zonas de conflicto, mientras otras enfrentan dificultades para acceder a atención médica o medicamentos.

Los profesionales de salud mental advierten además que la exposición constante a escenarios de tensión puede generar insomnio, irritabilidad, problemas de concentración y agotamiento emocional. En contextos prolongados, estas reacciones podrían derivar en cuadros de ansiedad crónica, depresión o estrés postraumático.

“La exposición a continuos episodios de violencia, en medios y en las calles, puede desencadenar miedo, desesperación y angustia en cuestión de minutos”, afirma Loayza. La especialista añade que la violencia sostenida altera la capacidad de afrontamiento y genera un “estado de ánimo social irritado”, marcado por la polarización y la baja tolerancia.

El efecto también alcanza a niños y adolescentes. Organismos internacionales ya habían advertido en anteriores crisis bolivianas sobre el impacto emocional de la violencia y la tensión política en menores de edad expuestos diariamente a imágenes de enfrentamientos y discursos agresivos.

Mientras Bolivia continúa enfrentando protestas, bloqueos y desabastecimiento, la crisis revela una dimensión muchas veces invisibilizada: el impacto emocional que deja la conflictividad permanente en la vida cotidiana de las personas. Más allá de las cifras económicas y las disputas políticas, el desafío también pasa por reconstruir la confianza, la estabilidad y el bienestar colectivo en una sociedad marcada por la incertidumbre.

Semana de la Salud Mental

Ante el incremento de dificultades emocionales en la población, las universidades comenzaron a asumir un papel más comprometido en la prevención, el acompañamiento y la atención psicológica. En ese contexto, del 25 al 29 de mayo, Unifranz llevará adelante la “Semana de la Salud Mental”, una iniciativa destinada a fomentar el bienestar emocional y fortalecer prácticas de autocuidado dentro de la comunidad universitaria.

La agenda incluirá actividades orientadas a la contención emocional, la formación en Primeros Auxilios Psicológicos y el fortalecimiento de redes de apoyo entre estudiantes. Asimismo, la propuesta buscará consolidar la idea de que la salud mental es un componente esencial del proyecto de vida y no debe abordarse únicamente desde una perspectiva clínica.