La soledad en la era hiperconectada: ¿por qué estar conectados no siempre significa estar acompañados?

Nunca había sido tan sencillo enviar un mensaje, hacer una videollamada, compartir una fotografía o conversar con alguien que se encuentra a miles de kilómetros. Sin embargo, esa facilidad para comunicarnos no garantiza que las personas se sientan acompañadas. En un mundo atravesado por redes sociales, plataformas digitales y conexiones permanentes, la soledad se ha convertido en un fenómeno que afecta también a quienes mantienen una intensa actividad en línea.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad. El fenómeno afecta a todas las edades, aunque presenta una incidencia especialmente elevada entre adolescentes y adultos jóvenes. En los países de ingresos bajos, además, la proporción de personas que reportan sentirse solas es mayor que en los países de ingresos altos.
Para Isabel Callisaya, psicóloga clínica y docente de la Universidad Privada Franz Tamayo (Unifranz), la soledad no equivale simplemente a estar físicamente solo. La especialista la define como “un estado displacentero que denota la falta de una red social a la cual acudir en situaciones de necesidad”.
La diferencia es importante: una persona puede pasar tiempo sola y sentirse bien, mientras otra puede estar rodeada de personas y experimentar una profunda desconexión emocional.
¿Por qué podemos sentirnos solos aunque estemos conectados?
La conexión digital facilita el contacto, pero no todas las interacciones tienen la misma profundidad.
Dar “me gusta”, responder una historia, enviar un emoji o participar en un grupo de mensajería son formas de interacción social, pero no necesariamente sustituyen la conversación cara a cara, el acompañamiento cotidiano o la sensación de pertenencia a una comunidad.
La propia OMS reconoce que las tecnologías digitales tienen un impacto complejo sobre la conexión social. El problema no reside en la tecnología por sí misma, sino en cómo se utiliza y en qué medida las interacciones digitales complementan o sustituyen otras formas de relación.
Un estudio de revisión sistemática publicado en 2024, que analizó investigaciones sobre adultos jóvenes, encontró que la mayoría de los trabajos incluidos identificaban una asociación positiva entre soledad y uso problemático de redes sociales, aunque los investigadores advierten que la relación depende de factores como el tipo de soledad y la plataforma utilizada.
Esto significa que no se puede afirmar que las redes sociales causen soledad de manera automática. Para algunas personas pueden ser una herramienta para mantener vínculos, encontrar comunidades y reducir distancias. Para otras, un uso problemático puede acompañar o reforzar sentimientos de aislamiento.
¿Qué diferencia existe entre estar solo y sentirse solo?
La soledad es una experiencia subjetiva. El aislamiento social, en cambio, describe una situación más objetiva: tener pocas relaciones o mantener poco contacto con otras personas.
La distinción resulta fundamental porque no todas las personas que viven solas están aisladas, ni todas las personas que tienen una amplia red social se sienten acompañadas. La OMS explica que una persona puede estar socialmente aislada sin sentirse sola, mientras que alguien rodeado de personas puede experimentar soledad.
La duración también importa. Sentirse solo después de mudarse de ciudad, terminar una relación o atravesar un cambio importante puede ser una experiencia temporal. Cuando la desconexión se vuelve persistente, puede afectar la salud y el bienestar.
La OMS relaciona la soledad y el aislamiento social con un mayor riesgo de depresión, ansiedad, enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, deterioro cognitivo y muerte prematura. El organismo estima que la soledad está vinculada con más de 871.000 muertes anuales a nivel mundial.
¿Qué pueden hacer las comunidades para reducir la soledad?
La respuesta tampoco depende exclusivamente de cada individuo.
La Comisión de la OMS sobre Conexión Social plantea que combatir la soledad requiere políticas públicas, investigación, intervención comunitaria y mayor conciencia social. Entre las alternativas menciona fortalecer la infraestructura social y generar espacios donde las personas puedan encontrarse y desarrollar vínculos.
Esto abre una conversación que va más allá de la psicología. Los urbanistas pueden diseñar espacios que favorezcan la convivencia; los comunicadores pueden contribuir a reducir el estigma alrededor de la salud mental; las universidades pueden crear comunidades de aprendizaje; y las organizaciones pueden promover ambientes donde las personas desarrollen vínculos más allá de sus funciones formales.
Incluso los entornos educativos tienen un papel relevante. La universidad no es únicamente un espacio para adquirir conocimientos profesionales: también puede convertirse en un lugar donde los estudiantes construyan redes sociales, desarrollen proyectos colaborativos y encuentren comunidades con intereses compartidos.
En Unifranz, la carrera de Psicología ha trabajado la problemática de la soledad desde diferentes experiencias formativas. Una de ellas es Conexión Dorada, iniciativa que combina alfabetización digital y acompañamiento a personas adultas mayores, incorporando contenidos sobre soledad, tristeza, envejecimiento y prevención.
Conectarse más no necesariamente significa sentirse acompañado
La paradoja de la era digital es que nunca había sido tan fácil comunicarse y, al mismo tiempo, la conexión social se ha convertido en una preocupación de salud pública.
Pero la solución no pasa por abandonar las redes sociales ni por asumir que toda interacción digital es superficial. La evidencia disponible muestra una realidad más compleja: la tecnología puede facilitar los vínculos, pero también puede convertirse en un problema cuando desplaza otras formas de interacción o se utiliza de manera compulsiva.
La pregunta relevante, por tanto, no es cuántas personas tenemos agregadas, cuántos seguidores acumulamos o cuántos mensajes recibimos, sino qué tan significativas son nuestras relaciones y si contamos con personas a quienes acudir cuando realmente necesitamos apoyo.
En una sociedad cada vez más conectada digitalmente, recuperar el valor de la conversación, la amistad, los espacios comunitarios y la presencia física puede ser tan importante como aprender a utilizar correctamente una nueva tecnología.
Porque estar conectado a una red no siempre significa estar conectado con alguien.