Salud mental: ¿cómo pueden las universidades prevenir el abandono estudiantil?

La vida universitaria supone mucho más que asistir a clases y aprobar materias. Para muchos jóvenes, esta etapa implica adaptarse a nuevas responsabilidades, construir relaciones, enfrentar exigencias académicas y, en algunos casos, combinar los estudios con trabajo, responsabilidades familiares o dificultades económicas. Cuando estas presiones se acumulan, el bienestar emocional puede verse afectado y también la continuidad de los estudios.
“Los problemas de salud mental no solo afectan el bienestar emocional, sino que también pueden afectar significativamente la calidad de vida de las personas, interfiriendo en sus relaciones, trabajo y estudios”, explica James Robles, director de la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz).
El especialista sostiene que la prevención debe formar parte de una mirada integral sobre el estudiante. “Un buen estado de salud mental mejora la capacidad de afrontar el estrés, tomar decisiones, establecer relaciones saludables y lograr metas”, señala Robles.
El desafío no es menor. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años vive con algún trastorno mental. Además, ansiedad y depresión pueden afectar la asistencia y el desempeño educativo, mientras que el aislamiento social puede profundizar la soledad.
Aunque estos datos corresponden a adolescentes, el tránsito hacia la educación superior ocurre precisamente durante una etapa en la que muchas personas continúan desarrollando sus recursos emocionales y sociales. Por ello, el acompañamiento no debería comenzar únicamente cuando aparece una crisis.
El bienestar también es un asunto académico
La relación entre salud mental y educación superior ha comenzado a recibir mayor atención internacional. Un informe de UNESCO IESALC, publicado en 2024, señala que en algunos países hasta la mitad de los estudiantes de educación superior enfrenta problemas de salud mental. El organismo plantea que las universidades pueden fortalecer el apoyo mediante servicios de atención, detección temprana, capacitación del personal y políticas académicas flexibles.
Esto supone cambiar una idea tradicional: cuidar la salud mental no significa únicamente disponer de un consultorio psicológico dentro del campus. También implica revisar cómo se construye la experiencia educativa, cómo se detectan señales de alerta y qué posibilidades tiene un estudiante de pedir ayuda antes de abandonar sus estudios.
UNESCO plantea que los servicios de apoyo estudiantil deben atender dificultades académicas, económicas, sociales y mentales, mientras que docentes y personal universitario pueden recibir herramientas para reconocer necesidades y orientar a los estudiantes hacia los recursos disponibles.
En este contexto, la prevención de la salud mental puede convertirse también en una estrategia para favorecer la permanencia universitaria. No se trata de atribuir el abandono exclusivamente a factores psicológicos, sino de reconocer que el bienestar forma parte de un conjunto de condiciones que influyen en la experiencia académica.
De la atención de crisis a la prevención
Para Robles, la prevención debe comenzar antes de que los problemas alcancen niveles que interfieran seriamente con la vida cotidiana. “La salud mental es el pilar fundamental del bienestar integral, ya que es una parte esencial del bienestar general de una persona”, afirma el especialista.
Esto implica promover hábitos saludables, fortalecer las redes de apoyo y facilitar espacios de escucha. Familia, amigos, compañeros y docentes pueden convertirse en puntos de contacto importantes cuando una persona atraviesa un periodo de estrés, desánimo o aislamiento. Sin embargo, estas redes no sustituyen la atención profesional cuando existe un problema de salud mental que requiere intervención.
“En nuestra práctica clínica, vemos que los hábitos cotidianos pueden marcar una gran diferencia. No sustituyen el tratamiento profesional, pero sí fortalecen la base para una recuperación o para prevenir recaídas”, sostiene Robles.
La OMS también recomienda que las acciones de promoción y prevención se desarrollen en distintos espacios y mediante diferentes estrategias, incluyendo los entornos educativos. Entre los objetivos se encuentran fortalecer la capacidad para gestionar las emociones, desarrollar resiliencia y promover relaciones sociales saludables.
¿Qué puede hacer una universidad?
Una estrategia institucional de bienestar puede incluir acompañamiento psicológico, mecanismos de detección y orientación, formación de docentes, actividades de integración, educación socioemocional y canales claros para solicitar ayuda. También puede contemplar medidas académicas que permitan responder de manera adecuada a situaciones particulares, sin convertir los problemas emocionales en una causa automática de rezago o abandono.
La UNESCO identifica precisamente estas medidas entre las acciones que las instituciones de educación superior están adoptando: atención psicológica, modalidades de apoyo presenciales y digitales, capacitación del personal, políticas académicas flexibles y acciones para reducir el estigma asociado a la salud mental.
En Bolivia, este enfoque también empieza a trasladarse al ámbito universitario. Un ejemplo es el Observatorio de Salud Mental de Unifranz, concebido como una iniciativa académica y científica orientada a generar evidencia sobre esta problemática. Robles lo ha definido como una iniciativa que busca “generar evidencia confiable” y que está pensada para la comunidad desde la universidad.
La propuesta incorpora herramientas de monitoreo y tamizaje que pueden contribuir a identificar necesidades y comprender mejor la situación de la salud mental. Más que esperar a que un estudiante llegue a una situación límite, el objetivo de este tipo de iniciativas es generar información que permita fortalecer las acciones preventivas.
Así, el bienestar estudiantil deja de ser un asunto exclusivamente individual. Una universidad que incorpora la salud mental a su experiencia educativa puede trabajar sobre las condiciones que favorecen la permanencia, el aprendizaje y el desarrollo integral, desde la prevención hasta la orientación profesional cuando sea necesaria.
Como resume Robles, “la salud mental no es un lujo ni algo que solo se atiende en crisis. Debe ser parte de nuestra rutina, igual que comer bien o hacer ejercicio”.
El desafío, por tanto, no consiste solamente en ayudar a un estudiante cuando ya está pensando en abandonar. Consiste en construir entornos donde pedir ayuda sea posible, detectar señales tempranas sea parte de la cultura institucional y el bienestar sea entendido como una condición que acompaña —y no compite con— el aprendizaje.