¿Qué ocurre con nuestra identidad digital cuando morimos? La vida que dejamos en internet

¿Qué ocurre con nuestra identidad digital cuando morimos? La vida que dejamos en internet

¿Qué pasa con las fotografías, mensajes, cuentas, videos y documentos que una persona deja en internet cuando muere? La respuesta no es tan sencilla como cerrar un perfil. Una parte de esa información puede permanecer durante años, mientras otras plataformas tienen mecanismos específicos para convertir una cuenta en conmemorativa, eliminarla o permitir que determinados datos sean gestionados por otra persona.

La idea de que la muerte pone automáticamente punto final a nuestra presencia digital es, por tanto, un rumor que no refleja cómo funciona internet. La huella digital puede continuar circulando, ser almacenada por plataformas o permanecer visible para otras personas dependiendo de las condiciones de cada servicio. Esta realidad forma parte de un fenómeno más amplio: la construcción de nuestra identidad digital y la vida fragmentada que desarrollamos en internet.

“Los datos son la materia prima de la inteligencia artificial”, explicó Cristina Aranda, especialista en digitalización, Big Data e inteligencia artificial e invitada al VII Foro Internacional de Innovación Educativa de Unifranz. La afirmación ayuda a dimensionar el valor que tienen los rastros digitales: una fotografía, una ubicación, una conversación o una búsqueda no son solamente recuerdos, también pueden formar parte de grandes conjuntos de información.

¿Qué pasa con las cuentas después de la muerte?

No existe una única respuesta. Cada plataforma establece sus propios procedimientos. Facebook, por ejemplo, permite convertir determinados perfiles en cuentas conmemorativas y designar un contacto de legado con facultades limitadas. Google, mediante su Administrador de cuentas inactivas, permite establecer previamente qué ocurrirá con determinados datos después de un periodo de inactividad.

Esto significa que la identidad digital no desaparece necesariamente cuando desaparece la persona. Puede transformarse en un archivo, un perfil conmemorativo o un conjunto de datos cuya administración dependerá de las decisiones tomadas previamente y de las políticas de cada plataforma.

El problema adquiere otra dimensión cuando se considera la información que permanece fuera de las redes sociales. Correos electrónicos, documentos almacenados en la nube, fotografías, registros de compras, publicaciones y metadatos pueden formar parte de una huella mucho más amplia. Por eso, los datos personales también se han convertido en un recurso estratégico en la era digital.

¿Quién controla esa huella digital?

La pregunta deja de ser exclusivamente tecnológica y entra en el terreno jurídico. En Bolivia, la Constitución reconoce derechos relacionados con la privacidad, intimidad, honra, honor, propia imagen y dignidad, además de establecer mecanismos de protección frente al uso indebido de datos registrados en medios físicos o electrónicos.

“El ser humano hoy vive permanentemente expuesto, porque prácticamente todo su accionar queda registrado en bases de datos físicas y digitales”, advierte Fabricio Góngora Flores, docente de Derecho de Unifranz.

El especialista también señala que la información entregada voluntariamente en redes sociales no desaparece simplemente porque el usuario deje de utilizar una plataforma. La gestión de esa información plantea preguntas sobre privacidad, acceso, conservación y eliminación que adquieren especial complejidad cuando el titular ya no puede tomar decisiones.

La sombra digital puede sobrevivir a la persona

La dimensión tecnológica completa este escenario. Cada fotografía, por ejemplo, puede contener metadatos sobre cuándo y dónde fue tomada; una publicación puede conservar comentarios e interacciones y una cuenta puede estar vinculada con otros servicios.

“La sombra digital es el rastro de datos que dejamos en línea a través de nuestras actividades digitales”, explica Marco Antonio Chambi, docente de Ingeniería de Sistemas de Unifranz. Ese rastro puede incluir historial de navegación, ubicaciones, compras, publicaciones y datos asociados a dispositivos.

La llamada sombra digital y la huella de datos que dejamos en internet demuestra que nuestra presencia en línea va mucho más allá de las publicaciones que decidimos compartir. Por eso, hablar de identidad digital no significa únicamente hablar de redes sociales. También implica preguntarse qué información producimos, dónde se almacena, quién puede acceder a ella y qué decisiones tomamos sobre su permanencia.

¿Se puede preparar nuestra vida digital para el futuro?

La respuesta pasa, en buena medida, por anticipar decisiones. Revisar las cuentas existentes, conocer las opciones de eliminación o administración que ofrecen las plataformas, organizar archivos importantes y establecer qué información se desea conservar son acciones que pueden reducir problemas posteriores.

También resulta necesario proteger nuestra identidad en la era digital mientras estamos vivos. La gestión responsable de contraseñas, información personal, fotografías y permisos de acceso puede reducir riesgos y facilitar que, llegado el momento, otras personas puedan gestionar determinados contenidos de acuerdo con nuestra voluntad.

Para Joaquín Vásquez, director de Derecho de Unifranz El Alto, la privacidad y la protección de la propia imagen requieren especial atención en un entorno donde publicar información se ha convertido en una práctica cotidiana. “El derecho a la intimidad y a la privacidad es uno de los más afectados en redes sociales”, sostiene.

Esta preocupación también alcanza a la formación profesional. La transformación digital obliga a que áreas como Derecho, Ingeniería de Sistemas, Comunicación y Psicología comprendan la identidad digital desde perspectivas diferentes: desde la protección jurídica y la seguridad informática hasta la manera en que las personas construyen y mantienen su presencia en internet.

La pregunta final no es solamente qué ocurrirá con nuestras cuentas cuando muramos. Es qué parte de nuestra vida estamos dejando almacenada hoy y quién podrá decidir sobre ella mañana. En una sociedad donde cada vez más experiencias quedan registradas digitalmente, administrar esa huella comienza a ser una forma de responsabilidad personal y colectiva.