El precio invisible de la informalidad: ¿cuánto cuesta no tener protección laboral?

El precio invisible de la informalidad: ¿cuánto cuesta no tener protección laboral?

Trabajar por cuenta propia, vender productos, ofrecer un servicio o realizar actividades sin un contrato laboral suele asociarse con libertad y flexibilidad. Sin embargo, detrás de esa autonomía puede existir una realidad menos visible: ausencia de seguro de salud, aportes para la jubilación, estabilidad de ingresos y otros mecanismos de protección.

En Bolivia, la informalidad laboral no puede explicarse únicamente como una decisión individual. El Observatorio Nacional del Trabajo (ONT) de la Universidad Privada Franz Tamayo (Unifranz) estima que aproximadamente entre el 74% y el 76% de la población se encuentra en la informalidad, principalmente por la falta de empleo productivo. “Aproximadamente entre el 74 y el 76% de la población es informal, precisamente por la falta de empleo productivo”, explica Ronald Bedregal, director de Ingeniería Económica y Financiera de Unifranz.

El dato cambia la perspectiva: detrás de cada trabajador informal existe una combinación de necesidades económicas, oportunidades laborales disponibles y condiciones del mercado.

¿Qué significa realmente trabajar en la informalidad?

La informalidad no significa necesariamente que una persona no trabaje o que no genere ingresos. El problema está en las condiciones en las que desarrolla esa actividad y en el acceso limitado a mecanismos de protección.

La Organización Internacional del Trabajo identifica entre los principales desafíos de los trabajadores informales en Bolivia la precariedad laboral y las dificultades para acceder a servicios de protección social. En el caso de quienes trabajan por cuenta propia, esta situación puede incluir una mayor exposición a variaciones de ingresos y dificultades para acceder a determinados beneficios.

Por eso, el ingreso que una persona recibe cada mes no representa necesariamente el valor completo de su trabajo. Cuando no existen aportes para la jubilación, seguro de salud u otros beneficios, algunos costos quedan trasladados directamente al trabajador.

El costo que no aparece en el salario

La diferencia entre un ingreso mensual y un empleo con protección puede ser difícil de observar en el corto plazo. Una persona puede recibir dinero todos los días y, aun así, no estar construyendo mecanismos de seguridad para enfrentar una enfermedad, una emergencia o la etapa de jubilación.

El problema también afecta la capacidad de planificar. La incertidumbre sobre cuánto se ganará el siguiente mes dificulta establecer presupuestos, ahorrar o acceder a determinados productos financieros.

“El conocimiento especialmente hace que se formalicen los negocios, porque las personas van a conocer las condiciones, los reglamentos, las necesidades y los impuestos”, señala Bedregal. La educación financiera, por tanto, puede contribuir a que trabajadores y emprendedores conozcan mejor las alternativas disponibles y comprendan los costos y beneficios de formalizar sus actividades.

¿La educación garantiza un empleo formal?

La formación no elimina por sí sola la informalidad, pero sí puede ampliar las posibilidades de acceder a empleos de mayor calidad. Una investigación del ONT encontró una relación entre el nivel educativo y las condiciones laborales: las personas con educación superior presentan mayores niveles de formalidad y acceso a salarios suficientes.

“Las personas con niveles educativos más altos tienen mayor probabilidad de acceder a salarios suficientes”, señala un análisis del ONT sobre la informalidad laboral en Bolivia.

Esto plantea otro desafío: conectar la educación con las necesidades reales del mercado. No basta con acumular conocimientos; también importan las competencias digitales, la capacidad de adaptación, el pensamiento crítico, la comunicación y otras habilidades que actualmente demandan los empleadores.

¿Quién paga el costo de la informalidad?

El impacto no recae únicamente sobre quien trabaja. Cuando una gran parte del empleo permanece fuera de los mecanismos de protección, también se limita la capacidad de los trabajadores para construir seguridad económica a largo plazo y se dificulta el crecimiento de emprendimientos que podrían generar empleos formales.

La situación tiene además diferentes efectos según el sector y el género. La OIT ha documentado que las mujeres que trabajan por cuenta propia en la economía informal enfrentan dificultades particulares para acceder a protección social, capacitación y oportunidades de trabajo decente.

Esto demuestra que la informalidad no es un fenómeno homogéneo. Sus causas y consecuencias cambian según la edad, educación, actividad económica, territorio y condiciones familiares de cada trabajador.

De sobrevivir a construir oportunidades

Reducir la informalidad requiere más que pedir a los trabajadores que “se formalicen”. También implica generar empleos productivos, mejorar las condiciones para que los emprendimientos puedan crecer y acercar educación, capacitación y servicios financieros a quienes trabajan fuera del sistema formal.

Para Bedregal, la educación financiera puede convertirse en una herramienta para comprender mejor las reglas del sistema y tomar decisiones económicas informadas.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente por qué una persona trabaja de manera informal, sino qué condiciones necesita para transformar esa actividad en una fuente sostenible de ingresos y protección.

En una economía donde millones de personas construyen diariamente sus propios medios de subsistencia, hablar de formalidad significa hablar también de futuro: de la posibilidad de enfermar sin quedar desprotegido, de jubilarse con ingresos, de acceder a crédito y de convertir un pequeño negocio en una actividad capaz de crecer y generar empleo.