Modularidad: el reto de transformar la universidad

Modularidad: el reto de transformar la universidad

Convertir la educación superior en un sistema más flexible no consiste simplemente en dividir las carreras en cursos más cortos. La verdadera transformación exige rediseñar el currículo, modificar las estructuras administrativas y desarrollar sistemas capaces de reconocer aprendizajes obtenidos fuera de la universidad. Esa es la condición para que la modularidad pueda convertirse en una herramienta efectiva de innovación en educación y de aprendizaje a lo largo de la vida.

Así lo planteó Santiago Acosta Aide, rector de la Universidad Técnica Particular de Loja y presidente del Instituto Latinoamericano y del Caribe de Calidad en Educación Superior (CALED), durante su conferencia magistral «Flexibilidad y modularidad: Arquitecturas abiertas para el aprendizaje a lo largo de la vida», desarrollada en el marco del VII Foro Internacional de Innovación Educativa (FIIE) 2026, evento organizado por la Universidad Privada Franz Tamayo (Unifranz).

La discusión parte de un cambio de época. Para Acosta, la denominada educación 4.0 desplaza el centro del proceso educativo desde el profesor hacia el estudiante. Las tecnologías digitales, las metodologías activas y el desarrollo de competencias están modificando la forma de enseñar y aprender, pero también obligan a las instituciones a revisar sus estructuras.

«Poner al estudiante en el centro, hacerlo protagonista del proceso de aprendizaje y, de forma correspondiente, desarrollar metodologías activas e impulsar las tecnologías digitales«, explicó durante su exposición.

En ese escenario, cuatro conceptos articulan la transformación: flexibilidad, hibridación, currículo abierto y modularidad. No se trata de cambios independientes, sino de piezas de una arquitectura educativa que permita a las personas estudiar durante diferentes etapas de su vida, combinar trabajo y formación y construir trayectorias académicas más diversas.

Modularidad no significa solo cursos más cortos

Durante una entrevista en el FIIE 2026, Acosta fue enfático al explicar que reducir la duración de las asignaturas no es suficiente para hablar de una verdadera educación modular.

«La modularidad comporta un rediseño curricular. Y no solamente significa que las asignaturas duran menos, que hay mayor concentración de aprendizajes por parte del estudiante, sino también significa capacidad para reconocer módulos externos que sean validables, homologables por los módulos que ofrece el currículo«, afirmó.

Ese último componente es clave. La universidad del futuro deberá ser capaz de reconocer certificaciones, conocimientos previos y experiencias formativas desarrolladas fuera de sus aulas, siempre que puedan ser validadas bajo criterios académicos.

De esta manera, el estudiante podría combinar diferentes experiencias educativas y acumular bloques de aprendizaje que formen parte de una trayectoria profesional coherente. La universidad deja así de ser necesariamente el único lugar donde se adquiere conocimiento y pasa a desempeñar también un papel de articuladora, certificadora y garante de calidad.

«La modularidad mira a esta flexibilidad para incorporar conocimientos al currículo y para abrir el currículo a formatos educativos diversos«, sostuvo Acosta.

Este cambio tiene además una relación directa con la empleabilidad. Los estudiantes pueden adquirir competencias específicas con mayor rapidez, mientras las instituciones responden a necesidades que surgen en sectores productivos que cambian constantemente.

La administración también debe flexibilizarse

Una arquitectura curricular modular no puede funcionar dentro de una administración diseñada exclusivamente para carreras rígidas, secuenciales y de varios años.

Acosta planteó que la flexibilidad debe alcanzar a las propias estructuras organizativas de las universidades. Si los estudiantes pueden elegir cuándo, dónde y cómo estudiar, la institución necesita sistemas que hagan posible gestionar esas decisiones.

«La flexibilidad no es un todo o nada, hay grados y además es multifacética», explicó. En términos operativos, agregó, implica que el estudiante tenga «la capacidad de escoger cómo, dónde y cuándo estudiar».

Esto significa revisar procesos de inscripción, reconocimiento de créditos, evaluación, certificación y tránsito entre programas. También supone que las universidades puedan incorporar módulos provenientes de otras instituciones y establecer mecanismos confiables para su validación.

El reto administrativo, por tanto, no es menor: pasar de una estructura pensada para cohortes que recorren un itinerario predeterminado a otra capaz de gestionar trayectorias individuales.

Tecnología para conectar los aprendizajes

La transformación administrativa necesita un respaldo tecnológico. La universidad modular requiere plataformas que permitan registrar, reconocer y acumular los aprendizajes que una persona adquiere a lo largo del tiempo y en distintos espacios.

Pero Acosta advierte que digitalizar un modelo tradicional no equivale a transformarlo. Lo mismo ocurre con la educación híbrida: combinar presencialidad y virtualidad no garantiza por sí mismo una experiencia flexible.

«La hibridación como integración necesariamente significa rediseñar«, señaló durante su conferencia.

Por ello, una universidad que aspire a desarrollar arquitecturas abiertas deberá contar con entornos virtuales adecuadamente estructurados, sistemas de seguimiento y mecanismos de retroalimentación y acompañamiento tutorial. La tecnología debe permitir que los distintos componentes de la trayectoria educativa dialoguen entre sí.

También deberá facilitar el reconocimiento de aprendizajes externos, una cuestión cada vez más relevante en un escenario donde las personas pueden formarse mediante microcredenciales, certificaciones, cursos especializados y experiencias profesionales.

De la carrera lineal a trayectorias abiertas

Acosta presentó durante el FIIE 2026 cuatro posibles perfiles de estudiantes hacia 2030, representados mediante los modelos Tamagotchi, Jenga, LEGO y Transformer.

El modelo tradicional, representado por Tamagotchi, plantea que una persona ingresa a la universidad después de la secundaria, estudia durante varios años, obtiene un título y posteriormente se incorpora al mercado laboral.

Los otros modelos plantean trayectorias más flexibles. En Jenga, el estudiante combina una formación inicial con bloques posteriores de aprendizaje. En LEGO, construye su trayectoria a partir de módulos, certificaciones y microcredenciales según sus necesidades profesionales. Y en Transformer, una persona adulta regresa a la universidad para reconvertirse profesionalmente, aprovechando conocimientos y experiencias previas.

«El currículo tiene que transformarse. No puede ser ese carril único, muy pautado, inflexible, de fases sucesivas preestablecidas«, afirmó Acosta.

La alternativa, explicó, es construir un currículo flexible que permita conciliar trabajo, familia y estudio; abierto a aprendizajes formales, no formales e informales; híbrido, internacionalizado, modular y personalizado.

En este nuevo escenario también cambia la relación entre universidad y mercado laboral. La institución deberá mirar no solo sus propias titulaciones, sino las necesidades de formación que surgen en la sociedad.

«Se trata de partir no de nuestra oferta, sino de lo que demanda la sociedad«, sostuvo.

El desafío para América Latina es no limitarse a reproducir modelos desarrollados en otras regiones. Acosta consideró que las universidades deben modernizarse sin perder la capacidad de construir experiencias propias y pertinentes.

«América Latina no puede quedar rezagada de las tendencias educativas mundiales porque eso perjudica a la sociedad«, advirtió.

La modularidad, en definitiva, no plantea únicamente una nueva manera de organizar las asignaturas. Propone repensar la universidad como un sistema capaz de acompañar a las personas durante toda su vida, reconocer aprendizajes diversos y permitir que cada estudiante construya trayectorias acordes con sus necesidades. Para lograrlo, la transformación en educación deberá comenzar en el currículo, pero extenderse a la administración, la tecnología y la cultura institucional.

El desafío hacia 2030 será conseguir que esa flexibilidad no fragmente la formación, sino que la haga más coherente, acumulativa y pertinente. La universidad seguirá siendo protagonista, pero deberá pasar de ofrecer únicamente carreras cerradas a construir arquitecturas abiertas donde cada experiencia de aprendizaje pueda convertirse en parte de un proyecto profesional y personal de largo plazo.