Las habilidades que la IA no puede enseñar sola: por qué la universidad vuelve a mirar las competencias humanas

La inteligencia artificial (IA) ya no es una tecnología reservada para laboratorios o empresas tecnológicas. Su presencia en las aulas está modificando la manera de enseñar, aprender, investigar y evaluar, pero también está obligando a las universidades a responder una pregunta cada vez más relevante: ¿qué competencias debe desarrollar un estudiante cuando una herramienta puede generar textos, analizar datos, resolver problemas y producir contenidos en segundos?
La respuesta apunta a un nuevo equilibrio entre tecnología y capacidades humanas. Pensamiento crítico, creatividad, comunicación, empatía, liderazgo y capacidad de adaptación adquieren un nuevo valor precisamente porque la IA puede automatizar una parte creciente de las tareas cognitivas.
El Future of Jobs Report 2025, del Foro Económico Mundial (WEF), muestra que el pensamiento analítico continúa como la competencia central más demandada por los empleadores: 69% de las organizaciones consultadas la considera esencial. Le siguen la resiliencia, flexibilidad y agilidad (67%), el liderazgo e influencia social (61%) y el pensamiento creativo (57%). Al mismo tiempo, IA y big data aparecen entre las competencias de crecimiento más acelerado.
El dato revela que la transformación tecnológica no elimina las habilidades humanas, sino que modifica su valor. La universidad, por tanto, enfrenta el desafío de formar profesionales capaces de utilizar herramientas de IA sin delegar en ellas la capacidad de analizar, decidir y crear.
Pensar antes que automatizar
Para Ariel Villarroel, experto en innovación educativa de la Universidad Privada Franz Tamayo (Unifranz), la IA puede convertirse incluso en un instrumento para fortalecer esas capacidades.
“La IA no sólo enseña contenidos, sino que ayuda a desarrollar habilidades como el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la creatividad, competencias fundamentales en un mundo en constante cambio”, sostiene Villarroel.
Sin embargo, el uso educativo de estas herramientas requiere criterio. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) plantea que los estudiantes deben convertirse en usuarios responsables y también en cocreadores de IA. Su marco de competencias propone 12 capacidades agrupadas en cuatro dimensiones: una mentalidad centrada en el ser humano, ética de la IA, técnicas y aplicaciones de IA y diseño de sistemas de IA.
La organización también coloca el pensamiento crítico en el centro de esta transformación. Su marco señala que esta capacidad es fundamental para que los estudiantes puedan relacionarse de manera significativa con la IA como aprendices, usuarios y creadores.
En otras palabras, aprender a utilizar una herramienta no es suficiente. El estudiante debe saber cuándo utilizarla, cómo cuestionar sus resultados, identificar posibles sesgos y determinar cuándo una solución tecnológica no es la respuesta adecuada.
El valor de lo que una máquina no puede sustituir
Esta transformación también alcanza a las competencias socioemocionales. Ariel Quispe, jefe de Educación y Aprendizaje de Unifranz, sostiene que la formación profesional requiere combinar las capacidades técnicas con aquellas que permiten trabajar con otras personas.
“Las competencias blandas nos ayudan a saber relacionarnos con los demás, tener comunicación efectiva, asertiva para crear cohesión, sinergia en el equipo de trabajo y así poder compactarlas con las habilidades técnicas”, explica.
La afirmación coincide con las tendencias del mercado laboral. El WEF identifica entre las competencias centrales de 2025 el liderazgo, la influencia social, la empatía, la escucha activa, la curiosidad y el aprendizaje permanente. Esto significa que el perfil profesional que se busca no se limita al dominio de herramientas tecnológicas.
La creatividad ocupa también un lugar estratégico. Aunque la IA puede generar múltiples alternativas, corresponde a las personas determinar cuál responde realmente a un problema, si es pertinente para un contexto específico y qué consecuencias puede producir.
Del docente transmisor al mentor
El cambio no afecta únicamente a los estudiantes. También redefine el papel del profesor. Un documento de Unesco sobre competencias docentes en materia de IA establece 15 competencias distribuidas en cinco dimensiones: mentalidad centrada en el ser humano, ética de la IA, fundamentos y aplicaciones de la tecnología, pedagogía de la IA y aprendizaje profesional.
En Unifranz, Clara Solórzano, responsable de la Jefatura de Enseñanza Aprendizaje, plantea que la IA puede ayudar a personalizar los procesos formativos.
“El docente puede utilizar la inteligencia artificial con una visión más amplia, por ejemplo, personalizando el aprendizaje para cubrir las necesidades de educación de los estudiantes que están teniendo dificultades”, señala.
El objetivo, sin embargo, no es entregar el proceso educativo a una máquina. La propia experiencia presentada durante el VII Foro Internacional de Innovación Educativa (FIIE) 2026 apunta hacia una relación diferente entre tecnología y pedagogía.
Ricardo Román, director del colegio chileno Alberto Blest Gana, explicó durante el encuentro que su institución utiliza la IA como apoyo al aprendizaje, no como sustituto del esfuerzo intelectual.
“Nosotros usamos la inteligencia artificial como un mentor. Les entregamos una tableta a los estudiantes y la IA los desafía; no les hace la tarea, aprende junto con ellos”, explicó.
El planteamiento introduce una diferencia fundamental: no se trata de formar estudiantes que sepan pedir respuestas a la IA, sino personas capaces de formular buenas preguntas, evaluar respuestas y tomar decisiones fundamentadas.
Una formación que combine tecnología y humanidad
El modelo educativo de Unifranz también plantea esta combinación. Gustavo Montaño, vicerrector académico nacional, explica que la institución busca formar profesionales con rasgos humanistas e innovadores.
“Unifranz tiene un propósito claro que es transformar la educación. Para lograr esto, hemos redefinido nuestro modelo educativo que se centre en la persona, una persona con rasgos humanistas, innovadores y que aprende haciendo, para aprender a aprender”, afirma.
La tendencia internacional apunta en la misma dirección. El WEF prevé que, hacia 2030, aumentará la importancia tanto de competencias tecnológicas como de creatividad, pensamiento crítico, flexibilidad y aprendizaje permanente.
La universidad del futuro, entonces, no tendrá que escoger entre tecnología y humanidad. Su desafío será enseñar a convivir con ambas. En un escenario donde la IA puede producir respuestas cada vez más sofisticadas, el diferencial profesional estará en la capacidad de pensar críticamente, crear, colaborar, comunicarse y actuar con ética.
La tecnología puede acelerar el acceso al conocimiento, pero la educación superior todavía tiene una tarea que ninguna herramienta puede automatizar por completo: formar personas capaces de decidir qué hacer con ese conocimiento y para qué utilizarlo.
Ricardo Román es un destacado consultor, coach y director del Colegio Alberto Blest Gana en Chile.Lidera un innovador modelo educativo que integra tecnología, robótica, desarrollo emocional y metodologías activas de aprendizaje