La salud mental no se atiende cuando se rompe: se construye todos los días

La salud mental suele ocupar espacio en la conversación pública cuando aparece una crisis: ansiedad que impide continuar con las actividades cotidianas, agotamiento que afecta el rendimiento o dificultades emocionales que deterioran las relaciones. Sin embargo, el bienestar psicológico también se construye antes de llegar a esos límites, mediante hábitos, vínculos y habilidades que ayudan a afrontar los desafíos de la vida.
Esta perspectiva cobra relevancia cada 10 de octubre, cuando se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que la salud mental permite afrontar el estrés cotidiano, desarrollar capacidades, aprender, trabajar y contribuir a la comunidad. No se trata únicamente de la ausencia de trastornos, sino de una dimensión fundamental del bienestar.
Para James Robles, director de la carrera de Psicología de la Universidad Privada Franz Tamayo (Unifranz), “un buen estado de salud mental mejora la capacidad de afrontar el estrés, tomar decisiones, establecer relaciones saludables y lograr metas”. Esta mirada permite entender el autocuidado como una habilidad que se aprende y se practica, no como una reacción reservada para los momentos difíciles.
El autocuidado también se aprende
Gestionar las emociones, reconocer los propios límites, organizar los tiempos de descanso y construir relaciones saludables son capacidades que influyen en la vida cotidiana. Sin embargo, no siempre se enseñan de manera explícita, aunque resultan importantes para estudiar, trabajar y convivir.
La OMS incluye entre los factores que protegen la salud mental las habilidades socioemocionales, las interacciones sociales positivas, el acceso a una educación de calidad y los vínculos comunitarios sólidos. Su enfoque de promoción y prevención de la salud mental destaca que el bienestar depende tanto de los recursos personales como de las condiciones sociales y ambientales.
En la vida universitaria, esto significa aprender a reconocer cuándo una carga académica supera la capacidad de respuesta, distribuir las tareas con anticipación, respetar los momentos de descanso y comunicar las dificultades antes de que se acumulen. También implica aceptar que establecer límites no equivale a falta de compromiso y que pedir orientación puede ser una decisión responsable.
Descansar, relacionarse y pedir ayuda también forman parte del aprendizaje
El autocuidado no se limita a practicar técnicas de relajación. Incluye hábitos concretos, como dormir lo suficiente, mantener actividad física, alimentarse adecuadamente y reservar tiempo para las relaciones personales. La OMS señala que estas prácticas contribuyen al cuidado de la salud y al bienestar general.
El descanso tiene un papel especialmente importante en el aprendizaje. Carlos David De la Barra, docente investigador de Psicología de Unifranz, explica que “un sueño reparador favorece la consolidación de la memoria, la regulación emocional y la toma de decisiones”. Dormir menos para estudiar durante más horas puede terminar afectando precisamente las capacidades que el estudiante necesita para aprender y resolver problemas.
Los vínculos también cumplen una función protectora. Familiares, amistades, compañeros y docentes pueden ofrecer escucha y acompañamiento, aunque no sustituyen la atención profesional. Marco da Silva, docente de Psicología de Unifranz, destaca la importancia de las redes de apoyo y de desarrollar habilidades de comunicación y regulación emocional.
Por eso, otra competencia para la vida consiste en reconocer cuándo las estrategias personales no son suficientes. Si el malestar persiste, interfiere con las actividades cotidianas o afecta las relaciones, buscar orientación profesional es una medida de cuidado, no una señal de debilidad.
¿Qué responsabilidad tiene la universidad?
La salud mental no es responsabilidad exclusiva de los psicólogos ni puede depender únicamente de la voluntad individual. Las instituciones educativas también influyen en el bienestar mediante la organización de las actividades, la calidad de las relaciones, los mecanismos de acompañamiento y las oportunidades para solicitar ayuda.
La OMS advierte que la promoción y prevención requieren colaboración entre distintos sectores, incluido el educativo. Esto supone que las universidades pueden contribuir mediante servicios de orientación accesibles, espacios seguros de escucha, formación socioemocional y docentes capaces de identificar cuándo un estudiante necesita apoyo.
En un modelo de educación integral, estas acciones complementan la formación disciplinar. Así como un futuro médico necesita desarrollar criterio clínico, un abogado debe aprender a argumentar y un ingeniero a resolver problemas, los estudiantes también necesitan recursos para gestionar emociones, comunicarse y afrontar situaciones de presión.
Construir bienestar antes de llegar al límite
Cuidar la salud mental todos los días no significa estar bien en todo momento ni evitar cualquier dificultad. Significa desarrollar herramientas para reconocer lo que sentimos, responder de manera más consciente, mantener relaciones saludables y buscar ayuda cuando la necesitamos.
La prevención tampoco reemplaza la atención psicológica o médica cuando esta es necesaria. Su valor está en reconocer que el bienestar puede fortalecerse mediante hábitos personales, redes de apoyo y entornos educativos y laborales más saludables.
En el Día Mundial de la Salud Mental, el desafío es ampliar la conversación: no hablar solamente de cómo actuar cuando alguien ya no puede más, sino también de cómo crear condiciones para que las personas aprendan, descansen, se relacionen y pidan ayuda oportunamente.
La salud mental no se construye únicamente en una consulta ni se cuida solo durante una crisis. Se fortalece en las decisiones cotidianas, en los vínculos que cultivamos y en los entornos que nos permiten desarrollarnos.