La pandemia silenciosa que sigue creciendo después del COVID

Durante décadas, la salud mental ocupó un lugar secundario dentro de los sistemas sanitarios. Era un tema rodeado de estigma, asociado al silencio familiar y relegado frente a enfermedades consideradas “más urgentes”. Sin embargo, esa realidad cambió tras la pandemia. La depresión, la ansiedad, el consumo problemático de alcohol y el agotamiento emocional avanzan de forma preocupante.
“La salud mental era una cenicienta y ha venido convirtiéndose en algo de gran relevancia”, afirmó el psiquiatra colombiano Carlos Gómez Restrepo, decano de la Universidad Pontificia Javeriana, durante su exposición en el V Congreso Internacional en Salud de Unifranz. Para el especialista, el COVID-19 no creó la crisis, pero sí la hizo visible y aceleró un problema que ya venía creciendo silenciosamente desde hace décadas.
Según los datos expuestos por Gómez Restrepo, las condiciones neuropsiquiátricas causaban alrededor de 4,2 millones de muertes en países en desarrollo en 1990. Treinta años después, la cifra subió a 7,7 millones. “Estamos hablando de un incremento del 83%”, señaló el experto, al explicar que los trastornos mentales representan hoy una de las mayores cargas globales de enfermedad.
La dimensión del problema suele pasar desapercibida porque no se mide solo en muertes, sino en años de vida perdidos, incapacidad laboral, deterioro emocional y limitaciones para estudiar, trabajar o sostener vínculos afectivos. A juicio del experto, incluso las estadísticas internacionales subestiman el impacto real porque el consumo riesgoso de alcohol y drogas suele analizarse por separado, aunque forma parte del mismo fenómeno.
Bolivia no es ajena a esa realidad. El país cuenta apenas con cinco centros públicos de salud mental para más de 12 millones de habitantes y destina cerca del 0,2% de su presupuesto sanitario a esta área, el porcentaje más bajo de América.
Uno de los aspectos más preocupantes expuestos durante la conferencia es el avance de los trastornos mentales entre jóvenes y adolescentes. Los cuadros de ansiedad y depresión aparecen cada vez más temprano y afectan etapas decisivas de formación académica, relaciones sociales y desarrollo emocional. Y es que la crisis no distingue edades.
“Entre los 15 y 24 años ya tenemos una franja muy amplia de trastornos mentales y dificultades”, explicó el especialista. En la población adolescente, los problemas más frecuentes incluyen ansiedad social, depresión, consumo de alcohol y sustancias psicoactivas. A esto se suma una generación marcada por el aislamiento de la pandemia, la pérdida de interacción social y las secuelas emocionales que dejó el confinamiento.
Para Gómez Restrepo, la pandemia produjo una transformación profunda en la manera de entender la salud emocional. “Aprendimos los médicos que podíamos llorar y manifestar emociones”, recordó al describir el impacto psicológico que dejó el colapso sanitario. El agotamiento extremo, la incertidumbre, el miedo y las pérdidas personales que golpearon incluso a quienes estaban acostumbrados a cuidar de otros.
En el caso del personal médico, el escenario también es crítico. El especialista explicó que el burnout entre profesionales de salud oscila entre el 40% y el 70%, mientras que las tasas de depresión y suicidio muestran niveles muy altos.
Pero la crisis no solo se relaciona con hospitales saturados o falta de psiquiatras. Gómez Restrepo advirtió que América Latina atraviesa cambios familiares y culturales que afectan directamente la estabilidad emocional de las personas. La fragmentación familiar y la pérdida de redes de apoyo tradicionales están dejando a miles de niños y jóvenes en condiciones de mayor vulnerabilidad.
“Estamos perdiendo esos núcleos familiares que eran muy protectores”, señaló. A diferencia de otros países donde el individualismo predomina desde hace décadas, en muchas sociedades latinoamericanas todavía persisten vínculos comunitarios y familiares más sólidos. Sin embargo, esa estructura comienza a debilitarse.
La consecuencia aparece reflejada en las aulas. El experto explicó que, en promedio, entre seis y nueve estudiantes de un curso de 30 alumnos pueden presentar dificultades emocionales, de aprendizaje o convivencia. Frente a ese escenario, propuso integrar salud y educación de una manera mucho más estrecha.
“Hay que llevar la salud a la escuela y no la escuela a la salud”, sostuvo. La idea apunta a que psicólogos, terapeutas y programas de detección temprana puedan actuar dentro del sistema educativo antes de que los problemas escalen.
El desafío, sin embargo, sigue siendo enorme. Una de las principales barreras continúa siendo el estigma. Muchas personas aún evitan buscar ayuda por miedo a ser juzgadas o etiquetadas. Otras ni siquiera logran reconocer que atraviesan un problema emocional. “Hay una gran dificultad para expresar los síntomas y el médico puede interpretarlos por otra parte”, explicó Gómez Restrepo.
Precisamente por eso, el especialista presentó experiencias desarrolladas en Colombia para detectar depresión y consumo riesgoso de alcohol desde la atención primaria. A través de tamizajes digitales y apoyo tecnológico para médicos generales, lograron pasar de prácticamente cero diagnósticos a detectar problemas de salud mental en cerca del 8% de los pacientes evaluados.
El dato revela que millones de personas conviven con ansiedad, depresión o agotamiento emocional sin diagnóstico ni tratamiento.
La advertencia final del psiquiatra señala que la salud mental ya no puede seguir ocupando un lugar marginal dentro de los sistemas sanitarios. “Tenemos que empezar a tener mayor empatía, mayor conciencia y mayor posibilidad de aprender a diagnosticar todo esto”, concluyó.
Por ese motivo, del 25 al 29 de mayo, Unifranz desarrollará la “Semana de la Salud Mental”, una iniciativa orientada a promover el bienestar emocional y fortalecer herramientas de autocuidado dentro de la comunidad universitaria.
La propuesta incluirá actividades enfocadas en contención emocional, capacitación en primeros auxilios psicológicos y promoción de redes de apoyo entre estudiantes. Además, buscará reforzar la idea de que la salud mental forma parte del proyecto de vida y no debe entenderse únicamente como un tema clínico.