¿Estamos preparados para convivir con la desinformación? El reto de distinguir lo real en la era digital

¿Estamos preparados para convivir con la desinformación? El reto de distinguir lo real en la era digital

En mayo de 2026, Bolivia volvió a experimentar cómo la desinformación puede amplificar la tensión social en cuestión de horas. Durante las protestas y bloqueos registrados en distintas regiones del país, Bolivia Verifica detectó 29 contenidos falsos en apenas siete días, casi el doble de lo habitual en contextos de conflictividad. Circularon supuestas renuncias de ministros, comunicados militares falsificados, audios manipulados con inteligencia artificial y videos antiguos difundidos como si fueran actuales. En redes sociales, cientos de publicaciones alcanzaron miles de interacciones antes de ser desmentidas.

La escena refleja un fenómeno cada vez más frecuente: la dificultad de distinguir qué es real en un ecosistema digital dominado por la velocidad, la viralidad y la automatización. La pregunta ya no es únicamente cómo combatir las fake news, sino si la sociedad está formando ciudadanos capaces de reconocer la verdad en medio de una avalancha de información manipulada.

Para Jannette Jacobs, directora de la carrera de Periodismo en la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), el desafío es urgente. “Se ha convertido en uno de los mayores retos de nuestra era. Con la irrupción de las redes sociales y la inteligencia artificial, los contenidos falsos circulan con mayor rapidez y alcance”, advierte.

Los hechos ocurridos en Bolivia durante mayo evidenciaron el impacto concreto de esta problemática. Entre los contenidos falsos viralizados figuraron audios adulterados que simulaban voces de autoridades, publicaciones manipuladas con logos de medios de comunicación y rumores sobre una supuesta intervención militar. En medio de la incertidumbre, la desinformación alimentó la polarización y profundizó la desconfianza institucional.

“Este tipo de contenidos afecta y apela a los sentimientos y emociones de las personas, eso hace que reaccionen, compartan y que crean”, explica Jacobs. La lógica emocional de las redes sociales favorece precisamente ese comportamiento: reaccionar antes de verificar.

La situación no es exclusiva de Bolivia, aunque en el país adquiere especial relevancia en escenarios políticos y electorales. Datos de Statista citados por especialistas muestran que cerca del 40% de los usuarios en América Latina afirma encontrarse con noticias falsas “todos o casi todos los días”. Durante las elecciones generales de 2025, Bolivia Verifica reportó que el 98% de los contenidos engañosos revisados estaban vinculados con el proceso electoral.

Para Gabriel Romano, docente de Periodismo de Unifranz, la desinformación rara vez es casual. “La desinformación por lo general persigue un objetivo, generalmente político y económico, y busca un resultado concreto: perjudicar al adversario o enaltecer la propia causa”, sostiene.

El académico considera que las fake news funcionan como instrumentos de manipulación política y emocional. “Orienta su causa a la búsqueda de un único ganador, a superponer una única causa y es como un contaminante para el diálogo”, afirma Romano, al advertir que la desinformación deteriora la convivencia democrática y debilita la deliberación pública.

El problema se agrava con el desarrollo de nuevas tecnologías. La inteligencia artificial ya permite crear deepfakes, clonar voces y producir imágenes falsas con gran nivel de realismo. Durante las protestas de mayo en Bolivia, algunos de los contenidos más difundidos fueron precisamente audios manipulados y publicaciones adulteradas que simulaban provenir de medios o instituciones oficiales.

En este escenario, el rol del periodismo adquiere una importancia estratégica. “No basta con publicar rápido: hay que publicar con rigor y ética. En Bolivia, donde las audiencias están cada vez más expuestas a rumores en redes, el periodista debe ser un faro de credibilidad”, enfatiza Jacobs.

Sin embargo, la presión por la inmediatez también afecta a los medios de comunicación. “La velocidad no siempre equivale a verdad, y cuando el click se vuelve el jefe, el rigor pasa a segundo plano”, advierte la académica.

Las plataformas de verificación como Bolivia Verifica o Chequea Bolivia cumplen una función clave al desmentir contenidos falsos, aunque especialistas coinciden en que la solución de fondo pasa por la educación digital. Aprender a identificar fuentes confiables, contextualizar información y detectar manipulaciones digitales se ha convertido en una necesidad ciudadana.

Romano insiste en que el problema no se resolverá únicamente con verificadores. “Sin una educación de las audiencias es imposible conseguir una transformación real y efectiva”, sostiene.

La desinformación ya no es un fenómeno periférico. Es parte del entorno digital cotidiano y evoluciona al ritmo de la tecnología. En un mundo donde cualquier usuario puede producir contenido y donde los algoritmos priorizan lo emocional y viral, distinguir entre verdad y manipulación será una de las habilidades democráticas más importantes del siglo XXI.

Más que combatir rumores aislados, el desafío de Bolivia y de toda la región consiste en formar ciudadanos capaces de pensar críticamente antes de compartir, reaccionar o creer.