De la idea al prototipo, los Fab Lab buscan cambiar la forma de aprender en Bolivia

Una impresora 3D, una cortadora láser o una máquina CNC (Control Numérico por Computadora) pueden parecer solo herramientas. Sin embargo, en un Fab Lab (laboratorio de fabricación), se convierten en una nueva forma de aprender, en la que se diseñan soluciones, construyen, prueban y vuelven a intentar.
En Bolivia, estos espacios comienzan a ganar terreno en distintas regiones. Ya no son laboratorios exclusivos para estudiantes de ingeniería o tecnología, sino que conectan a escolares, universitarios, docentes, emprendedores y personas de distintas disciplinas alrededor de proyectos concretos.
“Esto es lo que los convierte en espacios necesarios en la formación. Ya no se trata de una educación del futuro, sino del presente. Lo importante no está en las máquinas, sino en la posibilidad de utilizarlas para aprender de otra manera”, sostiene Jorge Pazos, director del Fab Lab Santa Cruz de la Universidad Privada Franz Tamayo, Unifranz.
Aprender haciendo
La lógica de un Fab Lab rompe con una separación tradicional del aula, en la que primero se aprende la teoría y después se busca dónde aplicarla. En un laboratorio de fabricación digital el proceso puede comenzar al revés.
El estudiante identifica un problema, plantea una idea de solución, diseña un modelo, fabrica un prototipo, descubre que algo no funciona y lo modifica. El error ya no se convierte en una equivocación o fracaso, sino en información para el siguiente intento. Esa metodología es la que comienza a llamar la atención del ámbito educativo.
Si bien la fabricación digital combina diseño, programación, electrónica, robótica y distintas áreas del conocimiento, también exige habilidades que difícilmente se desarrollan sólo con clases teóricas. Los estudiantes aprenden a trabajar en equipo, plantear preguntas, resolver problemas y aceptar que una primera solución puede no ser la definitiva.
En Santa Cruz, esa experiencia ya ha reunido a más de 150 voluntarios y personas vinculadas a más de 12 universidades, según Pazos. “Eso demuestra que es una necesidad para todos”, afirma.
Asimismo, un proyecto no necesariamente tiene que pertenecer a la carrera que estudia una persona. Un estudiante de ingeniería puede aportar la parte técnica, mientras otro de diseño trabaja en la forma y alguien de otra disciplina identifica una necesidad concreta del usuario.
“El objetivo es que los alumnos que vengan a un Fab Lab puedan desarrollar cualquier idea, por más que no sea de su carrera”, explica Pazos.
De fabricar objetos a resolver problemas
En 2024, por ejemplo, un equipo de makers del FabLab Santa Cruz desarrolló una impresora 3D industrial construida desde cero. El prototipo fue pensado para atender demandas de productores e industria y posteriormente tuvo aplicaciones previstas para la elaboración de materiales educativos.
Ese tipo de experiencias muestra una de las posibilidades de la fabricación digital, la de reducir la distancia entre una idea y su primera prueba.Esto no significa que todos los prototipos terminen convertidos en productos comerciales y tampoco que una impresora 3D pueda resolver por sí sola problemas complejos. El valor está en poder experimentar con mayor rapidez y menor costo, detectar fallas y mejorar una propuesta antes de su producción.
Esta lógica ya se utiliza para apoyar a emprendedores y productores. En 2025, por ejemplo, el Banco de Desarrollo Productivo reportó una capacitación dirigida a productores manufactureros en corte y grabado láser y diseño digital 3D, como parte de iniciativas de incorporación tecnológica al sector productivo.
El desafío de llegar a los colegios
Aunque la fabricación digital empieza a salir del territorio estrictamente académico, se hace indispensable para la educación. Pero hay una frontera que todavía permanece abierta, llevar esta cultura de creación a edades más tempranas.
En el FabLab Santa Cruz trabajan con colegios y reciben a niños desde los ocho años. Para Pazos, la experiencia demuestra que el interés por crear no comienza necesariamente en la universidad. “Tenemos voluntarios de colegios que crean productos, proyectos”.
La edad importa menos que la oportunidad de experimentar. Un niño que diseña una pieza, programa un pequeño dispositivo o construye un objeto está aprendiendo algo más que el funcionamiento de una máquina. Está enfrentándose a una pregunta concreta y buscando una respuesta.
La experiencia internacional apunta en la misma dirección. Los Fab Labs y Makerspaces se han incorporado progresivamente a iniciativas educativas vinculadas con las áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) y con metodologías basadas en proyectos.
En Bolivia, sin embargo, el proceso todavía tiene camino por recorrer. “Es un gran desafío”, reconoce Pazos. “Fablab es algo novedoso para Bolivia y estamos en plena expansión”.
La expansión no significa que el país haya alcanzado un ecosistema consolidado de fabricación digital. Más bien ocurre lo contrario, la comunidad todavía está construyendo sus bases.
Pazos habla de una red nacional en crecimiento y de la necesidad de que más instituciones se involucren. El objetivo no es únicamente sumar máquinas, sino generar comunidades capaces de compartir conocimientos, proyectos y recursos.
Ahí está probablemente el mayor desafío para Bolivia. Un Fab Lab no se basa solo en comprar máquinas y tecnología, tampoco reemplaza la educación ni convierte automáticamente una idea en innovación. Hace falta investigación, formación, acompañamiento y, sobre todo, ideas de soluciones a problemas reales para trabajar.