Bloqueos e incertidumbre: cómo las tensiones sociales afectan la salud mental

Los bloqueos y conflictos sociales pueden generar situación de tensión y ansiedad en la población.

Los bloqueos, el desabastecimiento, la falta de transporte y la incertidumbre económica no solo afectan la movilidad o la economía familiar. También generan consecuencias psicológicas que pueden intensificarse cuando estas situaciones se prolongan durante semanas o meses.

Para Tatiana Montoya, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz) sede La Paz, estos efectos aumentan mientras más tiempo dura la situación. “El estrés y la incertidumbre sostenidos durante semanas o meses afectan de manera significativa a la salud mental de las personas”, explica.

Uno de los principales efectos es el estrés crónico, entendido como “un estado de incertidumbre constante ante la posibilidad de que algo grave suceda”. Esta sensación de falta de control permanente puede provocar tensión muscular, migrañas y otros síntomas físicos asociados a una activación continua del organismo.

La ansiedad también puede aparecer ante la incertidumbre y manifestarse mediante miedo constante al futuro o pensamientos catastróficos. “Un pensamiento catastrófico es una patología. Eso significa que voy a empezar a interpretar las situaciones de manera catastrófica, exagerada o negativa”, señala Montoya.

Cuando la situación se prolonga, algunas personas pueden desarrollar síntomas depresivos, frustración, irritabilidad y dificultades para controlar los impulsos. A nivel comunitario, la docente advierte que también puede crecer la desconfianza, la polarización y la tendencia a dividir la realidad entre posiciones extremas.

Desde el punto de vista neuropsicológico, la incertidumbre activa mecanismos relacionados con la supervivencia. “La amígdala es la alarma del cerebro, que se encarga de detectar amenazas y generar respuestas emocionales de supervivencia”, explica. Cuando permanece hiperactivada, se produce una liberación sostenida de cortisol y adrenalina.

Esta activación constante puede afectar el funcionamiento de la corteza prefrontal, región encargada de tomar decisiones, resolver problemas, controlar impulsos y regular emociones. “Cuando la corteza prefrontal se ve afectada, la persona puede empezar a tomar decisiones simplemente por supervivencia, casi sin pensar”, sostiene.

Aunque sentir preocupación en momentos de crisis es una reacción normal, existen señales de alerta cuando el malestar afecta el descanso, la concentración o la convivencia. Entre ellas están las alteraciones persistentes del sueño, despertar sin haber descansado, sobrepensar o no poder volver a dormir.

También pueden aparecer problemas de concentración, fallas de memoria, dificultad para tomar decisiones sencillas y disminución del rendimiento académico o laboral. A estos síntomas se suman tensión muscular, fatiga constante, opresión en el pecho, cambios en el apetito, irritabilidad y tendencia al aislamiento.

La diferencia entre una preocupación normal y una ansiedad que requiere apoyo profesional está en la intensidad, duración e impacto de los síntomas. Mientras una preocupación proporcional suele disminuir cuando la situación se resuelve, la ansiedad problemática se caracteriza por preocupaciones excesivas, difíciles de controlar y desproporcionadas.

Frente a escenarios que escapan al control individual, Montoya recomienda enfocarse en aquello que sí depende de cada persona. “Los factores que dependen de mí, puedo planificarlos para tomar decisiones en relación a lo que sí puedo controlar; y en los que no, no tengo por qué angustiarme por ellos”, afirma.

También aconseja mantener rutinas en la medida de lo posible, conservar horarios definidos para dormir y alimentarse, continuar con el trabajo o el estudio con las adaptaciones necesarias y no dejar de lado las actividades recreativas. A ello se suma fortalecer redes de apoyo, conversar con familiares o amigos y evitar el aislamiento.

Otra recomendación es realizar una “dieta de noticias”, priorizando información basada en evidencia y medios confiables. La docente también sugiere practicar técnicas de regulación emocional como respiración profunda, relajación muscular, mindfulness, yoga, ejercicio o caminatas. “Es importante validar emociones sin dejarse dominar por las mismas”, señala.

Desde la Psicología, estos fenómenos no se analizan solo desde lo individual, sino también desde lo social y colectivo. “Es importante entender la salud mental no solamente desde el individuo, sino también desde la comunidad, desde lo social y colectivo”, explica Montoya. En ese sentido, el miedo puede contagiarse, pero también puede hacerlo la resiliencia.

Desde el modelo práctico de Unifranz, estas problemáticas permiten que los estudiantes de Psicología analicen la realidad social no como un caso aislado, sino como un escenario vivo de aprendizaje. A partir de situaciones actuales, como los bloqueos y la incertidumbre, los futuros profesionales observan cómo distintos sectores perciben la crisis, qué emociones experimentan y qué estrategias pueden contribuir a la prevención, la psicoeducación y el acompañamiento emocional.

“Estamos aplicando la psicología cognitivo-conductual en la situación actual desde todos los ángulos que se están viviendo: desde el gobierno, desde las personas que bloquean, desde los transportistas, desde las personas que están oscilando con los precios de la canasta familiar, con las personas que trabajan, con los estudiantes, con los niños y con los profesores; miramos los ángulos de cada sector de la comunidad y cómo lo están viviendo desde su perspectiva, desde su rol y desde su área”, explica Montoya.

Esta mirada se vincula con el modelo Aprender Haciendo de Unifranz. Montoya explica que, incluso desde el primer semestre, los estudiantes analizan las situaciones actuales desde distintos ángulos. “Estamos aplicando aprendizaje basado en los retos, en casos y en investigación”, afirma.

Desde esta metodología, los futuros psicólogos trabajan en prevención, psicoeducación, metacognición y reestructuración cognitiva, fortaleciendo competencias como pensamiento crítico, empatía, escucha activa, diseño de planes de intervención y toma de decisiones éticas basadas en evidencia.