Acreditación universitaria: el reto de garantizar calidad hacia 2030

La acreditación ha sido durante décadas uno de los principales mecanismos para garantizar la calidad de la educación superior. Sin embargo, en un escenario marcado por la inteligencia artificial, las modalidades híbridas, las microcredenciales y un mercado laboral en constante transformación, los modelos tradicionales de evaluación enfrentan el desafío de reinventarse.
Ese fue el eje de la conferencia de Melania Brenes, directora ejecutiva del Sistema Nacional de Acreditación de la Educación Superior (SINAES) de Costa Rica, durante el VII Foro Internacional de Innovación Educativa (FIIE) 2026, organizado por la Universidad Privada Franz Tamayo (Unifranz).
En su ponencia, titulada «¿Puede la acreditación seguir garantizando la calidad en la universidad del 2030?», la especialista planteó una respuesta afirmativa, aunque condicionada a una profunda transformación de los sistemas de evaluación.
«Sí, puede seguir garantizando la calidad en el 2030, pero dependerá de que los modelos de acreditación y la política pública se adapten a las demandas de los nuevos escenarios educativos», afirmó.
Para Brenes, el mayor riesgo no es que la acreditación desaparezca, sino que permanezca anclada en esquemas diseñados para universidades de hace tres décadas.
«Permanecer en un modelo de control y cumplimiento normativo puede llevar al declive», advirtió al explicar que muchos sistemas de aseguramiento de la calidad continúan evaluando procesos con criterios que ya no responden a la realidad de la educación superior.
La experta consideró que países como Bolivia, que avanzan en la construcción de nuevos modelos de acreditación, tienen una oportunidad única para evitar errores del pasado. «Es una gran oportunidad para empezar con el pie derecho y no renqueando en temas de acreditación de la calidad», sostuvo.
Del cumplimiento al impacto
Uno de los principales mensajes de Brenes fue que la acreditación debe dejar de medir únicamente infraestructura, reglamentos o requisitos administrativos para concentrarse en el impacto que las universidades generan en sus estudiantes y en la sociedad.
«Ya no nos quedan esos modelos verificadores de ‘cumple o no cumple’. Tenemos que migrar hacia modelos centrados en resultados e impacto», señaló.
En ese nuevo paradigma, explicó, la calidad ya no puede definirse únicamente por la cantidad de recursos que posee una institución, sino por lo que sus egresados son capaces de hacer una vez concluyen su formación.
«Se espera que las agencias midamos no solamente lo que la universidad tiene o no tiene, sino qué saben hacer los graduados y cómo contribuyen a la sociedad. ¿Cuál es el valor social de la calidad?», cuestionó.
Ese enfoque implica, además, mantener un seguimiento permanente de los egresados para conocer cómo evolucionan sus trayectorias profesionales y qué impacto generan en sus comunidades.
Durante una entrevista concedida en el marco del FIIE, Brenes explicó que, si hoy tuviera que rediseñar un sistema de acreditación desde cero, eliminaría los modelos centrados exclusivamente en la verificación documental.
«Incorporaría modelos de evaluación orientados a la transformación. Eso significa trascender los sistemas que únicamente verifican evidencias para avanzar hacia procesos que impulsen cambios reales en las universidades», afirmó.
Inteligencia artificial y nuevas competencias
Otro de los desafíos identificados por la directora del SINAES está relacionado con la acelerada incorporación de tecnologías digitales en la educación superior. En su criterio, los sistemas de acreditación ya no pueden limitarse a evaluar carreras presenciales bajo parámetros tradicionales.
«La universidad de 2030 va a operar en un ecosistema digital sí o sí, donde las fronteras entre la enseñanza presencial y virtual se han diluido», explicó durante su conferencia.
En ese contexto, sostuvo que la inteligencia artificial deberá incorporarse como un nuevo componente de los procesos de aseguramiento de la calidad.
«La acreditación tiene que evaluar cómo se integra la inteligencia artificial para personalizar la enseñanza y optimizar los procesos pedagógicos, garantizando siempre la integridad académica», afirmó.
También señaló que la expansión de las microcredenciales y de las trayectorias formativas flexibles obligará a construir nuevos mecanismos de reconocimiento y evaluación. «Existe un reto crítico en legitimar y asegurar la calidad de estas trayectorias formativas cortas y certificaciones digitales que hoy demanda el mercado laboral», indicó.
Menos burocracia, más innovación
Brenes advirtió que otro de los grandes desafíos consiste en reducir la carga administrativa que enfrentan las universidades durante los procesos de acreditación.
Recordó que muchas instituciones destinan enormes cantidades de tiempo y recursos a preparar evidencias documentales que, en ocasiones, generan poco valor para la mejora continua. «Las agencias y los sistemas tenemos que ser cada vez más ágiles, convertirnos en centros de innovación que apoyen el cambio de las universidades en lugar de frenarlo», sostuvo.
A su juicio, la evaluación también debe respetar la diversidad institucional y evitar que todas las universidades sean medidas bajo un único modelo.
«Cuando pensamos en calidad educativa siempre pensamos en estándares y homogeneización. Sin embargo, ese modelo está agotado. Tenemos que movernos hacia esquemas que respeten la diversidad y la autonomía universitaria», explicó.
La especialista añadió que los sistemas de acreditación deberán incorporar indicadores relacionados con sostenibilidad, competencias para el siglo XXI, transformación digital y contribución a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), especialmente al ODS 4 sobre educación de calidad.
Para Brenes, el aseguramiento de la calidad seguirá siendo indispensable, pero solo si evoluciona al mismo ritmo que lo hacen las universidades. «La acreditación sigue siendo vigente en la medida en que los sistemas y las agencias también nos transformemos, nos reconstruyamos y apuntemos hacia las transformaciones que las tecnologías y el escenario social y económico nos están planteando», concluyó.
Las reflexiones compartidas durante el FIIE 2026 evidenciaron que la discusión sobre la calidad universitaria ya no gira únicamente en torno a estándares o certificaciones. El reto consiste en construir modelos de acreditación capaces de acompañar la innovación sin perder el rigor, medir el impacto más que el cumplimiento y convertirse en aliados estratégicos de una educación superior que, hacia 2030, será más flexible, digital, interdisciplinaria y centrada en el aprendizaje. En ese escenario, garantizar la calidad implica también garantizar la capacidad de las universidades para transformarse junto con la sociedad.